Las cálidas noches de verano son muy moviditas en este aeropuerto, especialmente durante los fines de semana, ya que los tour operadores británicos se dedican a traer blancos a sus conciudadanos y a llevárselos rojos. Thomas Cook, Mytravel, ThompsonFly, First Choice y demás compañías se ocupan del trasiego. Como cifra aproximada, hay del orden de 100 vuelos a las Islas Británicas cada sábado y otros tantos los lunes. Muchos turistas, muchos usuarios, muchos… despistados.

Las noches posteriores al trajín británico suelen ser también moviditas, ya que estos turistas son proclives a confundir la hora de salida de sus vuelos. Lo vemos normal hasta cierto punto, ya que a esas horas intempestivas de la madrugada, donde el sábado se convierte por arte de birlibirloque en domingo o el domingo en lunes, uno no sabe distinguir un huevo de una castaña… no bastan las recomendaciones que hacen (estamos seguros de ello) los eficientes guías acerca de comprobar hasta mil veces la hora de la salida del vuelo; no bastan los carteles, una vez en el aeropuerto, que indican que ese vuelo no existe hoy; no bastan ni el sentido común ni los gritos de angustia al ver que has dejado una habitación de hotel pagada a 50 km. y que no puedes disfrutar de ella porque estás “estancado en el Aeropuerto”.

Siempre, indefectiblemente, aparecerán con cara de asombro y congoja (o demás sentimientos similares) en medio de sus múltiples maletas y múltiples descendencias, rojos cual tomates de San Nicolás, con la voz quebrada y los ojos acuosos, muchos de ellos con un vaho fuertemente etílico, descalzos en ocasiones, con la camiseta del equipo de fútbol de su ciudad natal (como marca de identidad o moderna carimba) y los tatuajes al viento o la pechera de las damas de Albión en pleno esplendor. Nuestra oficina se convierte por esas noches en la segunda patria de estos súbditos de Su Majestad, y aquí se les da información, teléfonos de contacto, cobijo, ayuda, comprensión, bolígrafos, folios, enchufes para cargar el móvil, amor y hasta botellas de agua para los más necesitados. La mitad de estas gracias no son de nuestra competencia, pero como hemos sido paridos humanos y buenas gentes, la mayoría son otorgadas gratis, sin recargo alguno, a pesar de que a cambio nos dejen la oficina hediendo a las diferentes bebidas espirituosas que han ingerido para calmar sus nervios o atenuar el mal trago, valga la redundancia semántica.

Se da cuenta uno, desde este puesto avanzado, de la multitud de razas, acentos y facciones que pueblan las Islas Británicas. Se da cuenta uno también de la cantidad de estulticia y despiste que llevan encima, independientemente de la edad, religión o sexo. Suponemos que los turistas de otras nacionalidades, si se vieran en este trance, actuarían de la misma forma: de hecho los españoles que “sufren” los vuelos de madrugada tienden a repetir los errores que cometen los británicos. Pero, claro, no es comparable un vuelo a Málaga con una compañía que tiene vuelos regulares a este destino que un vuelo a Liverpool o Shannon con una compañía de vuelos chárter que se desentiende de sus pasajeros cuando más les convenga.
Las soluciones ante tamaño equinoccio aeroportuario no son sencillas, ya que de madrugada todos los gatos son pardos y los oficinistas duermen, tanto aquí como en las Islas Británicas. La multitud de teléfonos que tenemos se vuelven papel mojado y las llamadas se pierden en las ondas y los cables de cobre. No valen 902 ni 0870 ni centralitas en Mallorca o en Kuala Lumpur, sólo la llegada del guía dos horas antes del vuelo en cuestión puede considerarse la luz al final del túnel, el clavo ardiendo, la panacea esperada. Muchas veces se convierte en un fiasco, ya que normalmente los vuelos van a rebosar de cangrejos parlantes ahítos de sol y arena grancanaria. La espera se hace tensa, las soluciones son pocas y bastante caras, pero nunca se ha quedado nadie en tierra más de lo necesario… Las conexiones a Londres vía Madrid o Barcelona cuestan un riñón o un hígado con cirrosis, pero suelen ser también soluciones socorridas.

A los mencionados casos de despiste podemos añadir algunos más, que si bien son menos comunes, no dejan de ser pintorescos. Parejas rotas por broncas regadas de alcohol; amistades truncadas por un miramiento regado de saliva a la pareja del prójimo; muertes repentinas de familiares allende los mares… múltiples lágrimas, penosos espectáculos y dantescas escenas que hemos vivido y que aún tenemos grabadas en nuestras retinas. Hasta el turno siguiente.