jueves, 11 de octubre de 2007

El Amigo Íntimo

Esta anécdota, con alguna variante introducida por mor de la prosa, fue narrada por una trabajadora del aeropuerto y damos por buena su versión, porque si no, nos despide :)

Un vuelo británico (¿cómo no?) a altas horas de la madrugada de un fin de semana cualquiera. La facturación va normal en los mostradores, los hijos de Albión se retrasan un poco comprando las bebidas espirituosas que tanto adoran, sobre todo por su precio en el duty free. Las maletas van y vienen por las cintas y los andamiajes internos que nadie ve y que todos temen, bajo scanners orwellianos, escondidos en las entrañas del aeropuerto...
Una vez dentro del avión, ajumados como cosacos, los británicos se prestan a regresar a su tierra, cuando el comandante recibe una llamada.

-"Jefe, que se tiene que bajar la señorita Margaret Winston (por ejemplo)".
-"Ni de coña, que vamos ya retrasaaaaos"
-"Le habla la Guardia Civil... ¡que se baje Winston, coño!"

Los siempre convincentes miembros de la benemérita no dejan lugar a dudas, por lo que el comandante del avión llama por la megafonía interna a la víctima de este bochornoso incidente, quien atraviesa el corredor del aparato célere cual gacela en celo. Abajo, en la pista, le espera el cortejo: dos guardias civiles, dos miembros de la seguridad y algún que otro gerifalte más.


La señorita se acerca tímida y desconfiada. Los guardias civiles, ayudados por un traductor (qué país tenemos, que nadie sabe idiomas...), le hacen saber a la señorita que "en su maleta ha sido encontrado un objeto sumamente sospechoso, por lo que le pedimos que abra usted su equipaje y nos muestre de qué se trata".

Margaret Winston (por ejemplo) cambia su tez rojiza por el sol a encarnada como un tomate. Mira la maleta en el suelo, mira a los guardias civiles, mira a todos... y se niega. Los de verde insisten que es imperativo que abra irso fazto (sic) esta maleta, que si no la podrían blablablablabla...

Tras unos minutos al pairo, Margaret Winston (por ejemplo) accede a abrir la maleta. Su rostro ya es del color de las luces de emergencia más rojas que nunca haya visto humano alguno.
Todos esperan inquietos el desenlace de este entuerto, desde los miembros de los cuerpos de la seguridad del Estado hasta los pasajeros del avión, que, recordemos, siguen sentados y acordándose de la ascendencia de los Winston (por ejemplo).

La chica abre la Caja de Pandora. Intriga en el ambiente. Algo resuena en el fondo, como un gato ronroneando, como un móvil sonando, como... como lo que es: ¡un vibrador encendido buscando amor!
Ya lo saben... nada escapa al ojo del Hermano Mayor... nada escapa al ojo del Scanner Aeroportuario... ni siquiera tu amigo más íntimo...

martes, 2 de octubre de 2007

Clase Businé

Cortesía de una compañera que se las sabe todas y que la vivió en sus propias carnes, la anécdota que prueba que la enseñanza de idiomas en este país está dejada de la mano de dios.

06:00 de la mañana, martes. Los vuelos nacionales están ya facturando desde hace rato: Iberia, Spanair y Air Europa se prestan a llevar pasajeros allende los mares y dejarlos sanos y salvos en sus destinos. Lo común de todos los días, vaya.

Nuestra operaria, recién llegada de su casa y aún con los pensamientos en los brazos de Morfeo, mira la marabunta que va y viene desde hace ya tiempo, cuando se acerca una señora que ronda los cincuenta, maleta en ristre, ojos pegados por el amor a las sábanas y muy pocas luces en general. Sus ojos se abren cuidadosamente para entrever mejor a nuestra operaria, que hace lo propio.


"Disculpe, señorita... ¿para ir en businé?"

Se hace el silencio, incómodo, cortante, pesado...

"¿Para ir dónde?"

"En businé..."

Cinco minutos angustiosos, plagados de explicaciones sobre con quién, a dónde, a qué hora, en qué mostrador, cómo fue adquirido el billete, en fin, todos los datos posibles para desfacer el entuerto del "businé". La señora no cejaba en su empeño "businé, señorita, businé, para viajar en businé".


La luz al final del camino, cual Cristo Redentor, de repente se acerca a nuestra operaria:

"Señora, ¿se referirá usted a la Business Class
(Primera Clase de la compañía Air Europa)?"

"Claro, mi niña," - contesta la señora indignada y con signos de hartazgo supino.

¿Dónde están los profesores de idiomas en este país? ¿Dónde están los cursos de "aprenda usted inglés en 3 días"? ¿Dónde está el sentido común? No bastan excusas de si eran las 6 de la mañana o si el inglés es un idioma muy difícil... Businé, señora, no existe, así que viaja usted en turista como todo el mundo. ¡Y no hay más que hablar! Hasta el próximo turno.

lunes, 1 de octubre de 2007

British Nights

Las cálidas noches de verano son muy moviditas en este aeropuerto, especialmente durante los fines de semana, ya que los tour operadores británicos se dedican a traer blancos a sus conciudadanos y a llevárselos rojos. Thomas Cook, Mytravel, ThompsonFly, First Choice y demás compañías se ocupan del trasiego. Como cifra aproximada, hay del orden de 100 vuelos a las Islas Británicas cada sábado y otros tantos los lunes. Muchos turistas, muchos usuarios, muchos… despistados.

Las noches posteriores al trajín británico suelen ser también moviditas, ya que estos turistas son proclives a confundir la hora de salida de sus vuelos. Lo vemos normal hasta cierto punto, ya que a esas horas intempestivas de la madrugada, donde el sábado se convierte por arte de birlibirloque en domingo o el domingo en lunes, uno no sabe distinguir un huevo de una castaña… no bastan las recomendaciones que hacen (estamos seguros de ello) los eficientes guías acerca de comprobar hasta mil veces la hora de la salida del vuelo; no bastan los carteles, una vez en el aeropuerto, que indican que ese vuelo no existe hoy; no bastan ni el sentido común ni los gritos de angustia al ver que has dejado una habitación de hotel pagada a 50 km. y que no puedes disfrutar de ella porque estás “estancado en el Aeropuerto”.

Siempre, indefectiblemente, aparecerán con cara de asombro y congoja (o demás sentimientos similares) en medio de sus múltiples maletas y múltiples descendencias, rojos cual tomates de San Nicolás, con la voz quebrada y los ojos acuosos, muchos de ellos con un vaho fuertemente etílico, descalzos en ocasiones, con la camiseta del equipo de fútbol de su ciudad natal (como marca de identidad o moderna carimba) y los tatuajes al viento o la pechera de las damas de Albión en pleno esplendor. Nuestra oficina se convierte por esas noches en la segunda patria de estos súbditos de Su Majestad, y aquí se les da información, teléfonos de contacto, cobijo, ayuda, comprensión, bolígrafos, folios, enchufes para cargar el móvil, amor y hasta botellas de agua para los más necesitados. La mitad de estas gracias no son de nuestra competencia, pero como hemos sido paridos humanos y buenas gentes, la mayoría son otorgadas gratis, sin recargo alguno, a pesar de que a cambio nos dejen la oficina hediendo a las diferentes bebidas espirituosas que han ingerido para calmar sus nervios o atenuar el mal trago, valga la redundancia semántica.

Se da cuenta uno, desde este puesto avanzado, de la multitud de razas, acentos y facciones que pueblan las Islas Británicas. Se da cuenta uno también de la cantidad de estulticia y despiste que llevan encima, independientemente de la edad, religión o sexo. Suponemos que los turistas de otras nacionalidades, si se vieran en este trance, actuarían de la misma forma: de hecho los españoles que “sufren” los vuelos de madrugada tienden a repetir los errores que cometen los británicos. Pero, claro, no es comparable un vuelo a Málaga con una compañía que tiene vuelos regulares a este destino que un vuelo a Liverpool o Shannon con una compañía de vuelos chárter que se desentiende de sus pasajeros cuando más les convenga.

Las soluciones ante tamaño equinoccio aeroportuario no son sencillas, ya que de madrugada todos los gatos son pardos y los oficinistas duermen, tanto aquí como en las Islas Británicas. La multitud de teléfonos que tenemos se vuelven papel mojado y las llamadas se pierden en las ondas y los cables de cobre. No valen 902 ni 0870 ni centralitas en Mallorca o en Kuala Lumpur, sólo la llegada del guía dos horas antes del vuelo en cuestión puede considerarse la luz al final del túnel, el clavo ardiendo, la panacea esperada. Muchas veces se convierte en un fiasco, ya que normalmente los vuelos van a rebosar de cangrejos parlantes ahítos de sol y arena grancanaria. La espera se hace tensa, las soluciones son pocas y bastante caras, pero nunca se ha quedado nadie en tierra más de lo necesario… Las conexiones a Londres vía Madrid o Barcelona cuestan un riñón o un hígado con cirrosis, pero suelen ser también soluciones socorridas.

A los mencionados casos de despiste podemos añadir algunos más, que si bien son menos comunes, no dejan de ser pintorescos. Parejas rotas por broncas regadas de alcohol; amistades truncadas por un miramiento regado de saliva a la pareja del prójimo; muertes repentinas de familiares allende los mares… múltiples lágrimas, penosos espectáculos y dantescas escenas que hemos vivido y que aún tenemos grabadas en nuestras retinas. Hasta el turno siguiente.